‘House of Cards’: Cuarta temporada de pornografía política

‘House of Cards’ no es una serie sobre política, es una serie sobre todo, empezando con uno mismo, cada episodio es un reto a nuestra conciencia, a nuestros valores, partiendo por el hecho de que en muchos episodios somos llevados al limite.

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Y cuando hablo de limite me refiero al preciso instante en que admiramos a Frank y Claire por ser los malnacidos más astutos que ha creado la televisión moderna. El valor que admiramos nos revuelve el estómago mientras aplaudimos de pie cada perversión o estrategia maquiavélica de la pareja presidencial, que en esta temporada se enfrenta a una pareja como ellos, pero el espejo no calza, la otra pareja parece sacada de una serie frívola de finales de los noventa cuyo show mediático nos hace recordar a las Kardashian.

Y es ahí también donde los guionistas vuelven a jugar con nosotros, porque a pesar de todo lo que vemos, seguimos justificando e idolatrando a los Underwood. Entonces, cada vez que termina un capítulo, esos segundos perturbadores de espera se vuelven inquietantes pensamientos sobre nosotros mismos.

Francis Fukuyama, un gran pensador y político estadounidense, ha escrito varios libros no sólo sobre las ideologías de la política moderna en Norteamérica, sino cómo esta influye intrínsecamente en el porqué cada estado está dominado por tal o cual partido, y más allá de los juicios de valor, es brillante como la serie nos da una radiografía total del cómo se ordena y rige un enorme país y el encauce organizacional que significa el termino “primarias” en cada uno de los estados.

Esto también es una manera de defender un sistema muy criticado desde fuera, pero después de ver lo que vemos en la serie, todo queda claro.

‘House of Cards’ es Maquiavelo a la enésima potencia, es estrategia y política en su quinta esencia. Y no se queda ahí. Es una crítica a la excesiva manipulación en todo el orden de la vida cotidiana, la razón viva y latente en todo, sólo descrito con la frase “Si no recibo nada no tengo porque negociar”.

En todo hay un fin, nada es un cabo suelto, hay un exceso de lógica, muy consecuente teniendo en cuenta que hablamos de política, pero lo que demuestra la serie es que tal objetivo puesto como obsesión nos termina por deshumanizar.

Y es aquí donde entra otra textura más al conflicto: el pasado, Frank fue un niño maltratado a tal punto que se obsesionó con la figura de su suegro, quien arriesgó todo por apoyarlo en su primera aventura política, por eso el odio visceral de la madre de Claire a Frank… Él llego donde está gracias a su esposo, lo que imposibilitó que ella viera a sus hija fracasar en su matrimonio y en su vida. Recordemos que la madre es texana, snob -no al nivel de Claire-, matriarcal, dominante, algo perversa, pero aquí tampoco llega a ser como la hija.

Con esto se puede concluir que esa irracionalidad y estilo tan clasista y estirpe que muestra Claire en todas las facetas de su vida es porque ella es el fiel reflejo de su madre, a pesar de lo alejada que está de ella. Para ella, Frank es el mendigo que tuvo la suerte de ser recogido por su hija. Frank no se siente menos ante nadie, pero si alguien se siente mejor que él corre por el hacha y empieza a darle duro al árbol.

‘House of Cards’ toma lo mejor de la serie homónina que se transmitió en Inglaterra con éxito. En manos de Fincher tomó otro nivel, digamos que el cineasta es conocido por ser un director metódico, excesivamente perfeccionista y con una estética tan pulcra que muchas veces ha tocado la perfección sin ni siquiera esforzarse, basta recorrer su filmografía para entender del porqué el éxito mundial de la serie política de Netflix.

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Fincher también es un obsesivo por el casting. Ninguno de sus personajes es odiado, en lo absoluto, él juega con la ambigüedad, la esencia misma de cada uno de nosotros, donde existen ambas caras de la moneda, es por esto que no resulta extraño comparar al alquimista notable del poder y la manipulación absoluta -como la manifiesta Frank Underwood- con la que poseen los mejores villanos del cine, porque no solo está a ese nivel, sino hasta dos o tres escalones por encima de cualquiera que se haya visto en los últimos 15 años.

Fincher es también un maestro de la psicología transversal y poco ortodoxa, ya lo hizo antes en el cine y lo vuelve a hacer en esta serie, no existen los personajes a manera de extremos y que podamos juzgar con libertad. Al contrario, los personajes casi en su totalidad tienen varias texturas, texturas tan bien trabajadas que se anulan los bandos, no hay ni buenos ni malos, todos son todo a la vez, y en este punto radica una de las claves del éxito de la serie: no te hace juez, sino cómplice de lo que estás viendo.

Otros de los temas que mejor desarrolla ‘House of Cards’, y lo hace de forma brillante, es ese mito anticuado que es la democracia, hay una especie de intencionalidad perversa y directa con el objetivo de hacernos ver que este sistema político es la gran farsa de nuestro tiempo. Subestimada al limite como lo dice el propio Frank en un tráiler de la segunda temporada donde es nombrado vicepresidente sin haber logrado ningún voto.

Y no sólo lo es por la manera en que Frank orquesta su asenso a la presidencia, sino en cómo Fincher nos muestra que los lobistas tienen tomados de los testículos a los políticos de las distintas cámaras. Fincher siempre ha sido un critico acérrimo del sistema dominante y sus valores y así lo ha expuesto en películas como ‘Fight Club’, pero aquí tiene más libertad, libertad que Netflix le dio luego de que junto con Kevin Spacey fueran rechazados por productoras tan respetadas como HBO.

Según cuenta Modi Wiczyk, copresidente de MRC, productora encargada de producir la serie, Fincher y su equipo tuvieron toda la libertad para hacer el montaje de la serie, hasta el final, un convencionalismo más propio del cine que de la televisión, pero esto le dio un diferencial estético y una calidad impresionante.

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El libro original en el que se basaba el programa británico fue escrito por Lord Michael Dobbs, quien había sido jefe de gabinete de Margaret Thatcher. Wiczyk compró los derechos y luego se reunió con Fincher. Llamó a Eric Roth -famoso escritor de películas ‘Forrest Gump’ y ‘Munich’- para escribir el piloto dirigido por Fincher. Llegó Kevin Spacey y complementó todo esto con una actuación brillante.

Modi Wiczyk termina diciendo que la libertad artística no es parte de su filosofía, es en si su filosofía. Él y su productora aseguran que el éxito de ‘House of Cards’ radica en que la gente siente que está viendo un película de 13 horas y no una serie de 13 episodios. Y como la gente está aburrida del cine convencional y de la serie que cada día decepciona por querer esforzarse demasiado, vieron el producto final y lo amaron.

Para terminar y cerrar bien este post, no podemos obviar a la maravillosa Ellen Burstyn (galardonada con un Oscar, Golden Globe, Tony y un Emmy) en el papel de Elizabeth Hale, la madre de nuestra querida Claire Underwood, ella es una texana de carácter fuerte, fría y distante con la hija, pero al estar en sus últimos días logra conectarse con quien estuvo distanciada por mucho tiempo, en más de un episodio vemos escenas notables entre las dos, incluso una en que la propia madre confrontó a un Frank Underwood como nadie lo ha hecho hasta ahora.

Larga vida a los Underwood.

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